Una noche en la playa.
Caminaba tranquilamente por la costa de Somo, a las orillas del mar Cantábrico. La noche estaba especialmente cerrada, con una luna decreciente en lo alto del firmamento, que tenuemente iluminaba los reflejos producidos por el brusco oleaje. Caminaba solo, y a medida que avanzaba incrementaba también la velocidad, como si acelerando pudiera alejarme de los conflictos internos que asolaban mis pensamientos. Primero marchaba a paso lento, luego a paso ligero, para acabar trotando y no recuerdo del todo bien si en algún momento logré alzar el vuelo. También soy capaz de rememorar una espesa neblina, producida por el golpeo del oleaje con el fondo marítimo.
Caminando por la costa, para llegar a encontrarme con el mar, debía de cruzar tres pequeños canalillos de agua salada, que trenzaban la playa como rio en busca de su desembocadura o raíces de árbol en busca de los nutrientes que le sirven de alimento.
No se oía ninguna voz cercana, los grupos de bañistas habían marchado hace unas cuantas horas y el sonido del oleaje era ensordecedor, un runrún enigmático a la par que hipnótico, el cual estuve escuchando durante largos minutos, horas o quizá años. El eco del mar entraba por mis oídos como canto antiguo, con un misticismo que me asustaba, como si llevase toda la eternidad manteniendo esa misma nota que retumbaba en la duna que se encontraba detrás de mí.
En este momento de placer para mi sentido auditivo decidí cerrar los ojos -maldigo el momento en el que lo hice- y dejarme llevar por ese plácido canto de sirenas.
Pasado un tiempo, note como la arena que rodeaba mis pies y sobre la que ya casi estaban hundidas mis rodillas comenzó a temblar y a estremecerse. Repentinamente abrí los ojos y no pude más que divisar cientos o quizá miles de lucecitas en el mar que se dirigían hacía a mí. Cada una de ellas se movía y se acercaba en dirección a donde yo estaba. Se iban acercando de dos en dos, a un ritmo no muy rápido pero constante.
A medida que se iban aproximando, esas lucecitas se convirtieron en pequeñas manchas oscuras que ocupaban gran parte del mar que alcanzaba a divisar. Algunas eran más grandes y otras más pequeñas, no obstante no tengo capacidad para dar un número exacto, puesto que el canto del mar había nublado mi percepción sensorial.
Mis piernas seguían sumidas en la arena y a pesar del esfuerzo realizado para moverlas, daba la impresión de que me iba hundiendo cada vez más. Fruto de este trabajo realizado, mi cuerpo estaba exhausto, sin capacidad para seguir peleando contra la arena. Solo recuerdo luchar y luchar en busca de una salida, una escapatoria para mover mi cuerpo de aquel lugar que me había atrapado.
Mientras yo batallaba mi gran lucha por salir de allí, recuerdo que aquellas luces que se habían convertido en manchas, iban adquiriendo formas animales que se me hacían conocidas y rememoraban esos viajes al Congo propios de los documentales que tanto disfrutaba cuando era niño.
Lo único que recuerdo antes de caer dormido fruto del esfuerzo realizado, era reconocer cientos de cocodrilos que se acercaban con las fauces abiertas al lugar donde me encontraba.
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