Pequeña.
Todo en ella era pequeño. Sus pies quedaban colgando cuando se sentaba en el bordillo del banco. Yo me dedicaba a observar sus zapatos enanos, que siempre me hacían pensar en la existencia de un zapatero para pequeñas personas de gran valor. Sus minúsculas manos, arrugadas por el paso de los años, saludaban a los viandantes que se acercaban en su paseo matutino al trabajo o a los quehaceres cotidianos. Sin embargo, lo que más me llamaba la atención en ella, era su preciosa sonrisa, que nos regalaba a diario de manera incansable. Parecía que no se agotaba. Era un torrente de paz, que ofrecía calma a todos aquellos que nos acercábamos a su encuentro. Hace ya muchos meses que no la he visto, que he abandonado el contacto con ella, concretamente, desde aquel dia que perdí la vieja lupa de madera de nogal que heredé del escritorio del abuelo Antonio.