El mundo y sus tensiones.
No son pocos los momentos de mi vida en los que me encuentro en una difícil encrucijada. La libertad de elegir no es siempre una cuestión sencilla para el ser humano. Son muchos los factores que intervienen, las circunstancias que nos rodean, que hacen que la toma de decisiones sea un conflicto permanente en el fondo mas íntimo de la persona.
Así, ocurre en numerosas ocasiones que nos encontramos como un funambulista, caminando por una estrecha y fina cuerda, rodeados por dos abismos a ambos lados y donde la persona juega una batalla crucial, muchas veces escondida y silenciosa, sin embargo con la necesidad de hacerle frente cara a cara, por qué la consecuencia de obviarla es obviar la misma esencia humana.
Así acontece con las decisiones más mundanas y las más sustanciales. Y es que, que cuando más nos acercamos al mundo y a sus deleites, mayor es la necesidad de alejarse de ellos y recurrir a nuestro yo más íntimos, a la parte más transcendental del ser.
Estás son las tensiones que nos ofrece la vida, sin tener la capacidad de decantarnos del todo y radicalmente por una de estas opciones.
Recuerdo con cariño, una historia que escuché hace unos años y que de vez en cuando vuelve a conquistar mi mente en momentos de encrucijada.
Un viejo indio decía a su nieto: “Me siento como si tuviera dos lobos peleando en mi corazón. Uno de los dos es un lobo agresivo, violento y vengador. El otro está lleno de amor y compasión.”
El nieto preguntó: “Abuelo, dime ¿cuál de los dos ganará la pelea en tu corazón?”
EL abuelo contestó: “Aquel que yo alimente”
Igualmente acaece también con las tensiones que nos ofrece el mundo. La continua dicotomía entre la mundanidad y la transcendentalidad, lo efímero y lo eterno, mis apetencias con mi yo más profundo.
Pero en cierto modo esto también lo contaba hace unos miles de años Platón en su mito de la Caverna, elevando a un grado supremo el mundo de las Ideas. Parece que es algo intrínseco al ser humano a lo largo de toda la historia.
Por mi parte cuando esto ocurre, suelo encontrar la solución en la actitud de Jesús: "Jesús despidió, pues, a la gente, y luego se fue al monte a orar" (Marcos 6, 46)
“¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si al final pierde su alma?”
Buenas noches.
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