La esperanza como valor fundamental.

Recuerdo con una mezcla de pena, de pasado imaginado, de tristeza, y no me voy a engañar, un pequeño ápice de nostalgia, una noche de invierno de hace unas cuantas primaveras, sin todavía haber cumplido los 17 años.

Entrábamos a un local con aspecto descuidado, sucio, algo maloliente en el que los zapatos se pegaban a un pringoso suelo que acumulaba una mezcla de polvo, cenizas y una viscosa fina capa de restos de cerveza y otras mixturas alcohólicas, originario de unas cuantas fiestas que allí se organizaban todos los fines de semana.

El local en cuestión recibía a sus invitados con una espesa capa de humo, proveniente de los jóvenes que estaban sentados en los roídos sofás que se encontraban en medio de aquel lugar. Una mezcla de olores de tabaco y otras plantas aromáticas que dejaron cierto recuerdo en mi mente, aunque no del todo agradable, sí muy real y relacionado con aquellos entornos que pertenecen a un pasado casi borroso y apenas identificable con el paso de los años.

A veces me pregunto qué fue de esa treintena de jóvenes que ocupaban aquellos sofás. Algunos tenían alma de poetas o escritores de canciones de rap, otros se dedicaban a oficios manuales, algunos habrían hecho una gran carrera profesional, otros, a día de hoy, serán padres alejados y alejando a sus hijos de aquellos entornos que algún día les fueron familiares. Algunos seguirán viviendo en la vieja ciudad que les vio crecer, otros se habrán marchado en busca de nuevas aventuras...

Sin embargo, en la mente de todos ellos quedará el recuerdo de un pasado común, donde se huía de la autoridad, de las "normas que establecía la sociedad" (o los propios padres) y en ese pequeño cuchitril se impregnaban de idea de libertad, de sueños de juventud y de una propia anarquía sin nadie a quien rendir cuentas de sus acciones.

Una tarde que nos acercábamos por aquellos lugares, con intención de disfrutar de la previa a una noche que se presentaba inolvidable, llena de posibles amores, nuevos compañeros de trincheras por conocer y aventuras épicas que contar a nuestros nietos, tuve un peculiar encuentro, inesperado a la vez que sorprendente.

Llovía con fuerza en la calle, el local, con ausencia de calefacción y donde el calor humano no era suficiente, estaba gélido y tan fríamente desagradable que ninguno de los presentes se atrevió a quitarse el abrigo que le cubría. Sonaba una potente música de alguno de aquellos reivindicativos cantantes, que con música rimada se quejaba del sistema y buscaba una salida a una situación cada vez más insostenible.

Encima de la mesa, había varios improvisados ceniceros, con latas inacabadas, algunos vasos medio vacíos (porque medio llenos duraban corto espacio de tiempo), unas bolsas de hielos y múltiples botellas baratas de marca blanca de un cercano supermercado. 

Recuerdo que en un momento puntual de la ya entrada noche, necesitaba acceder al baño, que se encontraba al fondo de aquel espacio. Me abrí paso entre el pasillo de humo y muebles en mal estado, y observé cómo había un pequeño grupo de adolescentes, ataviados con guantes de boxeo, que entrenaban y se golpeaban entre sí con fuerza, poniendo a prueba sus capacidades físicas.

Subí los pequeños escalones que conectaban la sala principal con un baño cochambroso y destartalado, iluminado con una tenue luz con color muy cálido, pidiendo a gritos un cambio de bombilla y un descanso antes de fundirse finalmente.

Y allí estaba ella esperándome, como si aguardara ese momento durante toda la eternidad. Una frase inesperada, una llamada de atención a toda mi persona, un golpe a mis facultades intelectuales, un soplo de vida en una andadura desubicada...

"El amanecer es siempre una esperanza para el hombre".

Y en ese preciso instante, mi mente se desplomó, dando lugar a una infinidad de pensamientos incontrolables, que un único ser humano es incapaz de soportar.

Al cabo de los años, la cita volvió a mí con especial fuerza e intensidad, lo que me hizo investigar un poco acerca de su autor y el contexto en el que se empleó. Para mi sorpresa, un escritor con el que tengo un especial trato: J.R.R. Tolkien. Concretamente, la cita está extraída de la archiconocida obra "El Señor de los anillos" que ha inspirado a tantas personas en esa profunda lucha que nuestro corazón guarda entre el bien y el mal.

Cada cierto tiempo me acuerdo de la cita, aparece en mi mente y me invita a seguir adelante, porque no hay inmensa oscuridad capaz de apaciguar una sola llama... y esa es la esperanza.

Y es que a veces, las mayores enseñanzas de la vida, aparecen donde menos nos lo imaginamos.

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