El ancla

Hoy recuerdo con especial cariño una bonita metáfora vital acerca de la fuerza de las convicciones personales. Se que la cuento mucho, y en momentos en los que mi corazón se encuentra pletórico acariciado por una buena compañía y una mejor conversación, mi alma grita pidiéndole dar salida como brote verde que espera la primavera para florecer. Además la comparto con especial cariño, tanto por la persona que me contó esta historia como por la sabiduría que esconde en si misma.

Y nuestro cuento dice así:

Las personas somos pequeños barquitos que navegamos en este océano que es la Tierra. No sabemos muy bien el porqué, pero nos ha tocado coincidir en un mismo espacio y en un mismo tiempo. Cada uno es su barquita: hay canoas que es necesario remar, lujosos yates que arrasan lo que encuentran a su paso, barcos pesqueros, cruceros y transatlánticos. Hay embarcaciones que siguen la corriente y otras que no lo harían ni aunque su vida dependiera de ello. Hay barquitos y barcazas, los hay decididos y sin el mínimo rumbo. Sin embargo, todas comparten un mismo elemento, sencillo pero indispensable: El Ancla.

Y es que en este cuento no es tan importante el tamaño de la barca sino del ancla que cuelga de ella. Porque cuando llega el momento de parar y de reubicarnos, de mirar el mapa de la vida, de cambiar de rumbo o de simplemente disfrutar el cielo estrellado del que hablan con gozo los marineros, todos tenemos que echar el ancla, a babor o a estribor.

Y este momento en el que, agotados por la exhausta jornada que hemos vivido, tengamos que parar, no importará tanto cual sea el tamaño y forma de nuestra embarcación sino la consistencia del ancla que hayamos preparado y construido con el paso del tiempo recorrido.

Cuanto más peso y aplome tenga nuestro ancla, más nos permitirá acercarnos a otras playas, a otras embarcaciones, a explorar nuevos océanos... sin tener miedo a la deriva. Por contrario, cuanto más débil e ingrávida sea nuestra ancla, más serán las probabilidades de movernos y no salir airosos de permanecer en el punto en el que habíamos amarrado nuestra embarcación.

Es más, la ausencia de este ancla, incluso puede provocar que nuestra embarcación deambule por los mares, sin capitán al timón y creyendo tener un descanso provechoso, acabar naufragando en costas impensadas e incluso indeseadas en nuestros mapas de navegación.

Y es que así ocurre en nuestra vida. El ancla vital son los aprendizajes que hemos desarrollado, nuestros pensamientos, la fuerza de los propios ideales, las creencias, las pasiones controladas, la convicción en nuestro proyecto personal, la confianza en nuestro entorno, las relaciones forjadas con mimo y ternura... todo ello forma parte y consolida nuestro anclaje.

Y es que, quién tiene un ancla bien construida ,cuidada y asentada, más se podrá mover hacía nuevos mares, contrastar nuevos pensamientos, ponerse en el lugar del otros, comprender otras ideologías... sin miedo a perderse en mares desconocidos. Incluso cuentan algunos marineros que cuentan cientos de ciclos lunares, que con más facilidad, esta barquita, podrá reorientar su ruta hacía la anhelada Ítaca.

Un fuerte abrazo navegantes.


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